Hoy lloraba en el colectivo leyendo en
Tiempo la columna de
Lucas Carrasco, mientras viajaba a la Villa Ibañez, de Morón Sur, a terminar el cierre del censo. Tengo unos años más que Lucas, y me acuerdo de cuando murió Perón: yo estaba en la escuela y una ronda de chicos en el patio se dividía entre quienes lloraban y quienes se burlaban de los que lloraban. Fui y me peleé a los gritos con los burlones irrespetuosos.
36 años después, me emocioné y me estallaron las lágrimas al caer en la cuenta de que no nos vamos a olvidar de dónde estábamos cuando murió Néstor. En mi caso, en la misma villa en la cual militaba en los ochenta, pero esta vez como parte del Estado municipal, y censando. Censando mientras nos abren sus puertas personas bañadas en lágrimas y entonces nos miramos, llorosos, como sabiendo que somos parte de la misma historia. Recibiendo tanto amor en ese día tan triste... nos reciben con los brazos abiertos, quieren ser censados, dicen que hay que bancar a Cristina, nos preguntan qué va a pasar con la Asignación Universal, con las Cooperativas.
En un momento de la tarde, recordando algunos argumentos anti K de grupos de amigos de clase media, un compañero me preguntaba si sería que realmente el país había mejorado tanto o que nosotros estamos en una burbuja. "Mirá afuera", le dije, "los vecinos en las puertas de sus casas, esperando a los censistas, los chicos jugando en la calle, perros, bicicletas, todo en paz, todo bien. Acordate de este barrio en 2001."
La única verdad es la realidad, una vez más.